Cuando aprendemos los conceptos básicos de la disciplina “Mindfulness” o “Conciencia Plena”, aprendemos a reconocer y manejar de manera apropiada nuestras emociones. Mindfulness nos enseña a: PARAR lo que estamos haciendo para  FIJARNOS en tres elementos: LOS PENSAMIENTOS, LAS EMOCIONES de ese momento, y LAS SENSACIONES CORPORALES. Estos tres elementos siempre van a estar conectados y se van a influenciar entre si. Por ejemplo, cuando recibimos un golpe, automáticamente percibimos DOLOR (sensación corporal), y a su vez nos llega un PENSAMIENTO en nuestra mente, que a su vez provoca una EMOCIÓN ( que pueden ser, tristeza, enfado, miedo, etc.) ¿Y qué hacemos con todo esto? PARAMOS y en muy pocos segundos nos DAMOS CUENTA de cómo es la mejor manera de RESPONDER, en vez de REACCIONAR de manera espontánea. Cuando hacemos esta pequeña pausa, en verdad estamos practicando Mindfulness y nuestra mente va a responder con mayor propiedad al momento presente que estamos viviendo. No permitimos que las emociones de rabia o enfado nos dominen. Porque si dejamos que eso ocurra, estamos permitiendo y alimentando que nuestra ansiedad y estrés crezcan y nos dominen y tal vez reaccionamos violentamente, cuando en verdad el momento no lo merecía. Es entonces cuando sufrimos de manera innecesaria y dejamos que la otra persona se “salga con las suyas”.

Podemos enseñar a los niños a, PARAR, FIJARSE Y RECONOCER SUS SENSACIONES CORPORALES, y QUÉ EMOCIONES Y PENSAMIENTOS están surgiendo en el momento presente. El segundo paso es el de ACEPTAR la emoción (el enfado, la rabia) sin entrar en valorar por qué nos está sucediendo esto. Simplemente aceptando la experiencia como parte de la vida. Todo acontecimiento surge, se experimentamos y luego pasa. La ACEPTACIÓN de este proceso es también una manera de cuidar el bienestar de uno mismo. Nos ahorramos el sufrimiento que nos causa daño.

Los padres podemos ayudar a nuestros hijos proporcionando un “espacio especial” en dónde ellos pueden estar en calma y en silencio. Un espacio dónde pueden acudir en momentos difíciles y recuperar su equilibrio emocional. Aquí pueden familiarizarse con sus emociones, pensamientos y sensaciones corporales, y tener el tiempo suficiente para llevar a cabo esa reflexión. Este “espacio especial” puede tener algunos juguetes y libros favoritos, cojines, dibujos que él/ella ha hecho. Puede tener música relajante, o cualquier otro elemento que sea del agrado del niño. Preferiblemente sin estímulos de video juegos y otras tecnologías.

Como padres procuraremos tomarnos el tiempo de escuchar a nuestro hijo con la atención e intención deliberada, y sobre todo mostrar empatía por el momento difícil que el niño está sufriendo. No descartar el acontecimiento como “no pasa nada”, porque así el niño no tiene tiempo de ACEPTAR y PROCESAR lo que le está pasando. ¡Nunca ridiculizar al niño!

Podemos ayudar a que el niño EXPRESE SUS EMOCIONES. Reconociendo y honrando la dificultad del niño en ese momento, le ayudamos a buscar palabras que expresen sus sentimientos. Por ejemplo, le podemos preguntar qué le pasa cuando vemos que está contrariado. Los niños mal humorados, llorones e hiperactivos suelen tener dificultad para expresar lo que están sintiendo, y es cuestión de que los padres les ayudemos a encontrar ese vocabulario necesario para describir qué es lo qué les pasa.

Y por último, y más importante, es el TIEMPO que los padres le DEDIQUEMOS a nuestros hijos. El tiempo de “tú a tú” sin distracciones tecnológicas externas que impidan una buena comunicación con nuestro hijos. Recuerda, los niños aprenden por imitación, y aprenden cómo manejamos y procesamos nuestras propias emociones. ¡Así que los adultos también tenemos que aprender Mindfulness!